viernes, 21 de abril de 2017

Y ahora es ella la que se encuentra desvelada con un taza en mano pero no de café, ya que estaba ilusamente en sus planes dormirse temprano esa noche para seguir al otro día con su insaciable rutina, sin saber que lo que vendría luego no la dejaría hacerlo. Con ganas también de encenderse un cigarrillo, ese que aún su familia no sabe que oculta en su bolso, como quien esconde el arma que utilizó para cometer el crimen.
Y ahí está ella, aferrada junto a lo único que en ese momento la hace sentir particularmente especial. Depositando en aquel conjunto de páginas unidas alguna extraña esperanza (¿de que?), que a partir de esa noche se convertiría en su fetiche más preciado. Ignorando, quizá en algún grado, que aquel caos de representaciones que en ese momento llegó a sus manos la remitirá por siempre hacia dos faros celestes, un café y un cigarrillo.
A el le temblaba la mano. A ella las dos, y también las piernas y el corazón. Todo su cuerpo se vio atravesado por un maremoto de inefables sensaciones que habría experimentado en muy pocas ocasiones. En ese momento corrió velozmente hacia el baño en busca del espejo más próximo. Necesitaba verse y reconocerse. No podía entender por que tanta exaltación. Tal vez no era para tanto, pero en medio de la oscuridad de esos días aparecieron aquellos relatos que vendrían a iluminarla, haciéndole sentir ingenuamente que alguien muy en el fondo la consideraba, la pensaba y quizá en algún momento, a pesar de las miles de barreras que se interponen en aquello que ella insinuaba sin saber bien qué, la observó.

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